Premis juvenils literatura breu 2005
ABDUCIDA
Noelia Martínez Molina / Premi de narrativa en castellà



A toda mi familia y en especial a mi tío Antonio, la persona con mayor devoción por los animales que conozco.

“Si nos pincháis, ¿no sangramos?
Si nos cosquilleáis, ¿no reímos?
Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?
Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?”
Shakespeare, El mercader de Venecia, Acto III, Escena I

I . LOS COLLADOS

Mwelu abrió los ojos, sobresaltada. La joven, con los sentidos nublados por el brusco despertar, retrocedió instintivamente de espaldas hasta dar con el tronco del Hagenia que le hacía las veces de cama. Recostando la cabeza contra la áspera corteza, aguzó el oído. Pero, más allá de las palpitaciones en las sienes y de su respiración jadeante, no percibió nada fuera de lo común.

Despuntaba el alba y se filtraba algo de claridad entre las copas de los árboles. La brisa fresca de la mañana acarició su cuerpo, empapado en el sudor frío del miedo. Le dolía el costado derecho, a nivel de los ovarios, y tanteó con la mano la zona inflamada. El recuerdo de un pequeño curso de agua descubierto el día anterior le vino muy oportunamente a la cabeza y descendió de su atalaya, posándose alternativamente en una y otra rama, cual si bajara los peldaños de una escalera. Debía extremar las precauciones puesto que, como advertían los mayores, era la hora en que los depredadores diurnos inician su cacería mientras que los nocturnos todavía no han concluido la suya. Y, aunque temía a los hambrientos felinos, un terror superlativo la dominaba en el caso de las víboras. Estos escurridizos reptiles se confundían entre la maleza y todas las formas vivientes quedaban a su merced, pues ni tierra, ni mar, ni el más alto de los árboles se les resistía. Mwelu no podía imaginar peor muerte que la de sucumbir impotente a la asfixia de sus anillos mientras el veneno inoculado se difunde en la sangre de forma irreversible. Pero éstos no eran pensamientos propicios para alguien que desea apartar de sí las pesadillas y, a modo de perro pulgoso, sacudió la cabeza con objeto de espantarlos. Después de todo, ya había llegado a la vereda del río y su rostro, distorsionado, reverberaba sobre la superficie rielante del agua.

Con un impetuoso ademán, introdujo la mano rompiendo la imagen. Se formaron ondas concéntricas que, con diámetro creciente, se expandían para finalmente desaparecer. Mwelu admiraba aquel efecto visual, sobre todo con la llovizna, cuando el movimiento de las ondas se armonizaba y, revividas siempre por nuevas gotas, componían una música hipnotizante y silenciosa. El agua, de transparencia meridiana, permitía vislumbrar el fondo fangoso; aún era temprano para que alguien hubiera perturbado su quietud. Mwelu se agachó para mojarse cuidadosamente la entrepierna. Al acercarse la mano a la cara, observó con la curiosidad de una menárquica los cuajarones de sangre adheridos a sus dedos y se los llevó a la nariz. Era su segunda regla, y el ciclo biológico le devolvió la noción del tiempo. Se había completado, más o menos, un mes lunar desde su partida. Sin darle mayor importancia, entró en el reguero progresivamente, a fin de aclimatarse a la temperatura del fluido. El nivel del agua le llegaba a la cintura. Avistó una roca de buen tamaño que la madre naturaleza parecía haber dispuesto expresamente para ella y avanzó hacia aquel islote. Con la mitad inferior del cuerpo en remojo, el tronco reclinado sobre el pétreo respaldo, hincó nalgas y talones en el légamo, sintiendo la textura suave al deslizarse entre los dedos de sus pies. No podía entender cómo los demás no compartían su afición por el agua. Entornó los párpados y se entregó a una dulce duermevela, algo ya más aliviado el lacerante dolor del costado. La melodía salvaje de África la envolvía. A ras del suelo, los diminutos grillos ludían sus patas en un postrero acorde. Siguiendo el compás, una lechuza, ululaba en el hueco de un árbol no muy lejano, felicitándose por sus habilidades cinegéticas. Por su parte, los gruñidos de un par de lirones enzarzados en una pelea habían suscitado el interés de un rapaz que, con ojo avizor, aguardaba el momento oportuno para abalanzarse sobre ellos y tener con qué alimentar a sus polluelos. Acompañaba a toda esta cadencia el canto modulado de cientos de pájaros de cientos de especies distintas. Entonces, por encima de todos estos abigarrados sonidos, se alzó una voz que retumbó en el tímpano de Mwelu. Era Kenai, su padre, anunciando la reanudación del viaje.

Mwelu acudió al claro del que procedía la llamada, donde los otros miembros de su familia, bostezando y desperezándose, renqueaban en pos de sus líderes. Kenai, como cabeza de grupo, iba despejando el camino, atento al menor indicio de peligro. Al lado del protector, su primogénito, Amok, avanzaba emulando la dignidad del jerarca, a quien, por su juventud, superaba ya en muchos aspectos. A decir verdad, el paso de los años había mermado las aptitudes físicas del jefe hasta el punto de no distinguir unas formas de otras al mirar en lontananza. Sin embargo, aunque el tiempo pesaba ya sobre sus hombros también le había dado ocasión de acumular una vasta experiencia y nadie mejor que él para descubrir las trampas clandestinas de los furtivos en las que, por accidente, a menudo éstos atrapaban a sus propios hijos. Y es que Kenai, cuando aún vivía con sus padres, tuvo que aprender a desarticular el mecanismo de estas trampas para poder liberarse un pie. Condenado a una leve cojera como vestigio de su hazaña, adquirió cierta maestría en la maniobra a fuerza de las desesperadas peticiones de muchos que, al ver repetido el prodigio, contribuían a engrandecer su leyenda. Kenai, consciente a todas luces de que su pericia moriría con él, intentó transmitirla a Amok. Y como éste no se mostrara muy ducho en el manejo de aquellos aparatos, fue Mwelu, mucho más diestra, quien la heredó. Por ello, se sabía hija predilecta y gozaba de ciertos privilegios.

Caminaban en silencio, sumidos todavía en un letargo soporífero a excepción de los gemelos, que correteaban arriba y abajo con una vitalidad inagotable. Puk pellizcaba a Luk y éste le devolvía el gesto con más fuerza aún, y así se entretenían persiguiéndose el uno al otro hasta entorpecer el paso de su madre, la cual, enojada, les propinaba un enérgico manotazo. Pero como a menudo sucedía que quien recibía el golpe no lo mereciera en ese caso, el otro hacía de aquello un nuevo juego mofándose de la mala suerte de su hermano. Y se tiraban pedos y eructaban y se estiraban mutuamente del pelo, las orejas e incluso el pene sin parar mientes a ningún código de urbanidad. Porque allí, en aquel lugar recóndito de África, eran felices. Porque allí, en aquel continente virgen, no había arraigado la corrupción de nuestros tiempos y, como el tesoro ignoto de un antropólogo, conservaban intactas unas costumbres que se remontaban al paleolítico. Esta minoría, inmune a la fiebre expansionista, desarrollaba una actividad sobre el medio en consonancia con la velocidad de regeneración de los recursos. Anclados en la prehistoria, al igual que algunas tribus perdidas africanas, restaban ajenos a las tensiones de un mundo en decadencia, dividido y sangrado por sus propios habitantes.

Estaban abandonando la zona alpina. Como todos los años, se dirigían hacia los collados del Visoke donde, transcurrida la estación fría, habrían empezado a brotar los suculentos retoños de bambú que circundaban sus faldas. Estaban éstas asediadas por los campos de cultivo de los tutsis y las tierras de pastoreo de los hutus, que, implacables, las reducían con el ritmo trepidante de un incendio. Una vez allí, se reunirían con otros grupos y tendrían el placer de saborear el delicado manjar.

Pese a que en tiempos pasados ya habrían alcanzado su destino, la madre de Kenai, abuela de Amok y Mwelu, ralentizaba la marcha. Una horrible artritis carcomía sus huesos. De pelo completamente cano y senos caídos y arrugados como pasas, sus rasgos eran finos, reminiscencia de una resplandeciente belleza largo tiempo caduca. A Kenai, algo falto de vista pero de fino oído, no le habían pasado desapercibidos los rugidos de sus estómagos y decidió hacer un alto en un calvero soleado.

Seguían una dieta fundamentalmente vegetariana, salvo por los caracoles, que constituían su aporte proteico más importante y su principal entretenimiento tras un chubasco. Ahora, de forma independiente, se habían dispersado a la caza de algún bocado exquisito. Los mayores, como tales, tenían la responsabilidad de contribuir a la olla común mientras que los más pequeños se afanaban por encontrar alguna golosina, que devorarían antes de que alguien pudiera arrebatársela. Ciertamente, esa sería la última comida distinta de bambú que probarían en mucho tiempo y Mwelu no estaba dispuesta a conformarse con las cotidianas hojas de Lobelia o el omnipresente Galium trepador. De modo que se aventuró en la arboleda, se le hizo la boca agua al pensar en un lozano racimo de zarzamora. Casualidad o no, no tardó en tropezar con el fruto escarlata. Se metió tres o cuatro granos de una vez haciéndolos explotar en la boca de tal forma que el zumo corría por la comisura de sus labios. Reservó unos cuantos para más tarde y regresó con el grupo, que ronzaba resignadamente las correosas hojas de Lobelia. La abuela se había aposentado bajo un árbol y dormitaba apaciblemente, orbitando sus ojos bajo los párpados. Los gemelos, hartos de batirse en una torpe esgrima con una vara del suelo, improvisaron un columpio en un árbol y se balanceaban impulsándose con los pies. Su madre, aprovechaba este tranquilo lapso para comer y amamantar al bebé.

Cuando Mwelu contaba con apenas dos años, la erupción de un volcán, hipotéticamente inactivo, se cobró la vida de la primera cónyuge de Kenai. La madre biológica de Amok y Mwelu murió derribada por una bomba piroclástica. Al principio, la abuela se hizo cargo de la pequeña, pero al contraer Kenai nuevas nupcias con la futura madre de los gemelos, Mwelu recuperó el amor que tan pronta e injustamente le había sido usurpado. Y en estos momentos, en que la joven franqueaba el umbral de la infancia a la etapa núbil, su madrastra era un modelo a seguir. Durante las comidas, Mwelu solía merodear a su alrededor con el fin de observar atentamente cómo el bebé, con las encías tan desdentadas como la abuela, le succionaba el pezón. Saciado el lactante, su madre accedía a que lo cogiera y así ella iba a hacer compañía a Kenai. En el pasado, éste, sin mayor lujo de distracciones, se había dado a la poligamia, práctica habitual en muchas sociedades humanas; pero ahora había llegado a ese punto en la vida en que la conformidad suplanta a la ambición y, tomando a la madre de los gemelos como única cónyuge, delegó en su vástago la tarea de establecer otro harén. Arrobada, Mwelu apretaba al pequeñín contra su pecho, ya no como habría hecho con un hermanastro sino como haría con un hijo de su sangre. Y así jugaba a interpretar el papel de madre. Sin dar oportunidad a que el bebé prorrumpiera en sollozos al topar con la sequedad de sus ubres, Mwelu, con tiento para no pincharse con las espinas de la zarzamora, le exprimía un par de piezas en la boca. El zumo, si bien carecía de la grasa de la leche, estaba igualmente azucarado y el bebé eructó satisfecho. Una vez ahíto y con la imperiosa necesidad de llevarse algo a la boca, mordía con fruición la mano de Mwelu, relamiendo los restos del néctar. Entonces, la joven, en su nuevo rol, lo mecía, y el bebé se adormilaba con el índice de su madrina en la boca, insalivándolo con una lengüecita húmeda y tibia para constatar su presencia a cada segundo. Para Mwelu, con aquel frágil cuerpecillo hundido en el regazo, no había mejor momento en todo el día y aunque le habría gustado prolongarlo hasta la eternidad, Kenai dio orden de ponerse en camino poniendo fin a unos instantes que siempre se le antojaban breves.

A juzgar por la altura del sol, aún podían contar con al menos tres horas de claridad y Kenai, a sabiendas de que ya estaban muy cerca del cinturón de bambú del Visoke, estaba dispuesto a aprovecharlas al máximo. De vez en cuando, la abuela sufría un penoso acceso de tos y su hijo, sin detenerse, la observaba por encima del hombro, preguntándose si no la estaría sometiendo a demasiados esfuerzos. Ambos sabían que, paradójicamente, cuánto más largo era el descanso tanto más se apoderaba la fatiga de ella y, sin querer darle tregua, la anciana proseguía con respiración entrecortada. Antes de iniciar el viaje de su alma deseaba concluir este último en la tierra, convencida de no hallar mejor mortaja que una extensión de robustos bambúes, en contraste con su cuerpo enjuto y desvalido. Los pómulos eran dos prominencias en su cara, parecía que la carne, cerúlea y fláccida, se hubiera quedado pegada al hueso. A Kenai le abrumaba ver a su madre en tal estado, como si la Muerte hubiera exhalado un hálito de podredumbre sobre ella. Se consolaba al recordar la vida larga y placentera de los de su generación; por lo menos podría disfrutar de una última estación de bambúes tal y como mandaba la tradición. De pronto, Kenai sintió un ligero vértigo al considerar que, después de su madre, era él el miembro de mayor edad de la familia y quien, inexorablemente, la seguiría a la tumba. Un escalofrío le recorrió el espinazo. A Kenai no le faltaron jamás arrestos a la hora de enfrentarse a sus adversarios pero precisamente la Muerte, el enemigo más temible, no se dignaba a presentar batalla.

Un griterío cercano lo sacó de su ensimismamiento. Era Puk, quien, para alegría de su hermano, había aterrizado en un matorral de ortigas y se revolvía en el suelo retorciéndose por la urticaria. Su madre, con el bebé en brazos, lo guió hacia la tierra embarrada donde encontraría remedio a sus picores. Kenai, se mostraba condescendiente con el dúo de diablillos, pues a menudo sus travesuras amenizaban la jornada. Pero esta vez les estaba profundamente agradecido porque el avistamiento de las ortigas era un indicio indiscutible de la proximidad de los collados. Amok, que era un despierto observador, captó la expresión de júbilo en el rostro de su padre y, con un cosquilleante hormigueo, emprendió la carrera en línea recta. Y allí, a un escaso centenar de metros, se alzaba totalmente oculto por el follaje un túnel horadado en lava. Un pasadizo natural que, una vez más, les daba la bienvenida a las faldas pobladas de bambú del Visoke.

La galería llevaba la impronta, en ambos costados, de los años de roce del pellejo de los elefantes que antaño habitaban esas tierras. Como entrado el lubricán, la oscuridad reinaba en aquel trecho tenebroso; los siseos de las corrientes de aire devenían aullidos que arredraban a los pequeños y los adultos, a pesar de ser un tramo de poca longitud, se impacientaban por pisar el otro extremo. Mientras lo atravesaban con el aliento contenido, se dirían en el interior de una entraña cavernosa que los engullía lentamente. Pero, al final del trayecto, lejos de ser devorados, se materializó ante ellos el edén que andaban buscando y, como para acentuar la deslumbrante belleza de los bambúes, la luz radiante del exterior los forzaba a entornar los ojos. A la espera de que se acomodara la vista y los ánimos se serenaran un poco, Kenai se apartó, cediendo la primacía a quien lo había engendrado. La anciana, desprotegida por la ausencia de bóveda arbustiva, se alejó del grupo en dirección a la espesura. Avanzaba con pasos ceremoniosos a fin de ocultar su debilidad, o al menos, disimularla en parte. Sentía las miradas expectantes de los rezagados clavándose en su espalda y, antes de adentrarse entre las espigadas cañas, se detuvo, paladeando un protagonismo del que podría hacer alarde por primera y última vez. Tras lanzar una mirada maliciosa y esencialmente infantil a la retaguardia, se arrojó al abismo de verdor, concediendo venia a los demás para que hicieran lo propio. Los gemelos, con los músculos agarrotados por el eterno rito inaugural, fueron los primeros en seguirla. Mwelu se quedó sola, inmóvil en la boca de la cueva, como si en realidad fuera ella quien estaba en el ocaso de su vida y quisiera memorizar todos los detalles. Ignorada por los demás, que mascaban denodadamente a doble carrillo, su padre la conminó a acercarse. Mwelu, bajó con reluctancia el repecho.

La noche cayó y, con ella, todos los recién llegados bajo el peso de un copioso banquete. Desde un cielo tachonado por estrellas, la luna llena iluminaba toda la planicie. De todos los presentes, Mwelu era la única que no había extralimitado la capacidad de su estómago. Yacía sobre la tierra seca, jugando a redescubrir constelaciones e inventar otras nuevas. En los últimos días se había visto invadida por una nostalgia repentina, un vacío profundo. Inútilmente le había dado vueltas una y otra vez sin hallar la causa. Atormentada con ello de nuevo, ladeó la cabeza y se encontró con el bebé. Junto a su madre dormida, el pequeño exploraba nuevos usos para una caña de bambú. Mwelu se extasiaba observándolo, olvidando todo lo demás, incluida ella misma. Al cabo de unos instantes, la respuesta, tan obvia, irrumpió en su mente:¡Quería ser madre! Movida por un impulso irreprimible, tomó al lactante sin el consentimiento de su madre. Anhelaba arroparlo con su calor esta noche, cerciorarse de que la criatura no notaría la diferencia. Mwelu apoyó la cabecita de tierna fontanela contra su tórax, así lo arrullaría con los latidos de su corazón. Pero el bebé, que había interpretado el rapto como uno de sus habituales juegos, comenzó a desesperarse al no disponer de distracción alguna. Para acallar los inminentes vagidos, Mwelu procuró proceder como de costumbre y le ofreció la seguridad de su índice. Esto no sólo no logró confortarlo sino que acrecentó su sensación de extrañeza a aquellas horas de la madrugada. La joven, deseando no verse expuesta a la reprobación de su madre, devolvió la vulnerable carga. Frustrada, no conseguía entender el comportamiento del pequeño. A mediodía había conciliado el sueño sin desconfiar de sus brazos y ahora los rechazaba...¿por qué? De repente, descubrió el engranaje que faltaba: no le había dado ninguna golosina. Un poco de zarzamora y Morfeo haría acto de presencia. No obstante, allí no podía hacerse con ninguna a no ser que...Recordaba con precisión la ruta de esta mañana y la localización exacta del fruto, simplemente debía seguir el camino inverso y regresar con el trofeo. No era tan difícil y se creía capaz de hacerlo sin que advirtieran su falta.

Con paso inseguro y circunspecto, la joven se internó entre las lanzas de bambú. El fulgor del plenilunio guiaba sus movimientos al tiempo que la orientaban sus recuerdos. No consiguió dar con la senda más corta, pero su mapa mental se validó enseguida al divisar la boca de la cueva. A punto estaba de cruzar la entrada cuando, inesperadamente, una ominosa ráfaga la azotó de soslayo. Por unos instantes, titubeó. Mas, disuadiendo sus miedos y haciendo acopio de cuanto coraje pudo reunir, su silueta se perdió en las tinieblas de la espelunca. Presa de un creciente desasosiego al considerar que acto seguido debía encarar la parte más ardua de su aventura, se apresuró en dejar atrás el siniestro corredor. Con el sudor a flor de piel, deambulaba como quien viola la paz nocturna de un cementerio, el corazón encogido en un puño por un incipiente arrepentimiento. Sin embargo, no era ni lugar ni momento para un examen de conciencia, y enfiló hacia el denso sotobosque. A medida que avanzaba, se armaba de valor; en cambio, su sentido de la orientación no parecía estar a la altura de las circunstancias. Las formas se confundían unas con otras en la negrura creada por los árboles y, habría jurado que estos últimos arqueaban las ramas para frenar su avance. En medio de la oscuridad, Mwelu se debatía entre la apremiante necesidad de satisfacer el objetivo de su empresa o, alternativa más juiciosa, de postergarlo hasta haber efectuado una misión de reconocimiento de un terreno, que tan cambiado se le ofrecía en plena noche. Impuesta la sensatez, no bien había comenzado a dar la media vuelta cuando oyó el chasquido de una ramita al quebrarse a sus espaldas. Una descarga de adrenalina la puso en alerta. No estaba sola. Paralizada por el pánico, detectó una fragancia etérea, y desconocida, en el ambiente. No sabía cómo reaccionar ni podía pensar a causa del aturdimiento. Pronto se vieron confirmadas sus sospechas.

Emergiendo de las sombras, unos extrañísimos seres la dejaron boquiabierta. Tenían un contorno estilizado, vagamente antropomorfo, y un cráneo prácticamente esférico que albergaba un intrincado encéfalo. El cuerpo, casi lampiño, estaba revestido de una piel asombrosamente pálida, rayana en la transparencia, de forma que era posible observar la red de capilares que lo irrigaba. Por otra parte, hacían uso de un lenguaje críptico, prueba manifiesta de su inteligencia así como de su pertenencia a una especie de avanzada evolución.

La enfocaron con una luz cegadora y al momento sintió un pinchazo en el cuello como el mordisco de la temida serpiente. Nunca más volvería ver a su familia.


II. LA CELDA

Antes de que perdiera completamente el conocimiento, notó cómo era elevada hasta lo que sería su medio de locomoción. La máquina arrancó y un olor acre impregnó la atmósfera. El ruido del motor la hacía vibrar y, combinado con las voces guturales de los secuestradores, le martilleaba el cerebro.

La droga fue surtiendo efecto y, cuando sus párpados cayeron pesadamente, tan solo podía oír el rumor sordo de su propio resuello.

Horas más tarde, al volver en sí, todavía le zumbaban los oídos. Tenía la boca pastosa y un espantoso dolor de cabeza. Intentó incorporarse, pero sus miembros no respondían. Había tenido una horrible pesadilla. En ella, aparecían unos individuos de variopintos ropajes que la conducían en una camilla hasta la sala de operaciones. Una vez allí, tendida sobre la mesa, era conectada a un terminal en cuya pantalla centelleaban sus constantes vitales; formando una familia de uves concatenadas, una línea emitía pitidos al zigzaguear verticalmente. Era una especie de radar biológico, y con su resplandor verde en el rostro, los albinos intercambiaron algunos comentarios como rememorando el protocolo a seguir con su nueva conejilla de indias. Estaban ansiosos por explorar internamente aquel primitivo, aunque complejo, organismo. Comenzaron extrayendo una muestra de sangre con ayuda de una aguja hipodérmica y le tomaron las huellas dactilares. Efectuaron todos los análisis meticulosamente y, dando por saciada su sed de conocimiento, guardaron toda la información en la computadora.

De vuelta a su hogar, Mwelu agitó brazos y piernas para desentumecerlos. Con los ojos legañosos, partió en busca de los suyos removiendo la vegetación a su paso. Pero un imperturbable silencio le indicó que algo no iba bien. Corrió frenéticamente a pesar de los intermitentes calambres y, de repente, cayó de bruces al chocar contra un obstáculo invisible. Resintiéndose del golpe que la embellecería con un buen chichón en la frente, tentó a su enigmático agresor con la mano. La superficie de aquel escudo protector era completamente lisa. Mwelu miró hacia arriba implorando el amparo de los cielos. En su lugar, un panel blanco irradiaba una intensa luz artificial.

Estaba atrapada. Todo aquel vergel no era sino una falsa ilusión, un espejismo en medio del desierto. ¿Acaso habría sido su sueño algo más que una fantasía?

Aterrada ante esta perspectiva, la joven se palpó el cuello y el final del antebrazo descubriendo sendas señales producidas por un traumatismo reciente. La asaltó un terrible escozor ácido en las heridas, tal vez revivido por el contacto. No padecía alucinaciones en absoluto, aquellas marcas eran perfectamente tangibles.

Negando a darse por vencida, Mwelu rastreó el límite inferior del escudo sin hallar resquicio alguno por donde escapar. No se le ocurría ningún modo de burlar la vigilancia de los invasores. En tan claustrofóbico reducto, la certeza de no poder reencontrarse con su familia, alimentaba la ansiedad en su interior. Al borde de la histeria, golpeó la pared translúcida con una violencia inusitada, infligiéndose a sí misma mayor daño que a aquel material, a todas luces irrompible. Con todo, era tal su obstinación, que descargando su ira en un nuevo arrebato, distinguió unas pequeñas abolladuras con la formas de sus puños, ensangrentados en los nudillos. A punto de desfallecer, los prometedores resultados renovaron su vigor. Fue entonces cuando se decidieron a intervenir los guardianes y un súbito pinchazo en el cuello la hizo caer en la cuenta de que los míseros áspides habían vuelto a morderla. Se desplomó en el acto, presa de grandes convulsiones.

El segundo despertar no fue menos turbulento. El paroxismo anterior había alarmado en tal medida a sus captores que, en previsión a otra crisis, su nuevo habitáculo era todo un homenaje a la más severa austeridad. Una mortecina luz amarilla bañaba la estancia. El suelo, áspero y duro al tacto, era de frío hormigón, y estaba cercado por un enrejado de hierro a prueba de fugas. Un conjunto de partículas luminosas danzó ante sus ojos antes de que se le normalizara la vista. Tambaleándose por el mareo y con una fuerte presión en las sienes, salvó la distancia que la separaba de las rejas para mirar en derredor. A ambos lados de la suya e idénticas a ésta, había un par de celdas a la espera de nuevos prisioneros. Con el transcurso de los días, interminables, la desazón se apoderó en grado sumo del espíritu de la joven. Privada de libertad, su existencia era un tormento. A diario, se abría una compuerta por la que le suministraban alimento, pero el estómago le ardía y rehusaba cualquier ingesta. El metabolismo de la joven acusaba la falta de sustento y consumía masa muscular en un desesperado intento de obtener energía. Gradualmente fueron remitiendo sus fuerzas así como toda esperanza de huir acabó por extinguirse. La que una vez fuera Mwelu se había esfumado, quedando como objeto del escrutinio voraz de los albinos un lánguido espectro. La incertidumbre oprimía sin cesar su corazón y se había instalado en ella un horror desmedido. A pesar de todo, Mwelu paliaba la pesadumbre recreándose en escenas de su antigua vida. En el ostracismo de su celda, se embebía en un mundo imaginario. Así, en posición fetal, permanecía abstraída horas y horas en ficciones maternales en las que alumbraba y criaba un hijo en quien enmendar todas las desatenciones de su infancia. Mwelu dedicaba la mayor parte del tiempo a sus ensoñaciones, llegando al extremo de, a menudo, no diferenciarlas de la realidad. Su figura, no obstante, estaba experimentando unos cambios que la asemejaban cada vez más a la Venus de la fertilidad. Un caudal de leche afluía a sus senos, confiriéndoles turgencia, y en sus entrañas, parecía germinar una semilla misteriosa que le hinchaba el vientre, tensándole la piel. Pero, sin el concúbito debido, era imposible aquel embarazo salvo que... La asaltaron en tropel la multitud de pruebas a las que se había visto sometida en los últimos días. Cabía la posibilidad de que la comparación de su genoma con el de los albinos reflejara la suficiente afinidad como para ensayar una fecundación. La idea era un tanto descabellada pero fue madurando en su mente.

De esta forma, cambió la depresión por una ilusión febril y luchó por recuperar el apetito, a fin de cuentas, la criatura no debía estar desnutrida por su culpa. Sin embargo, tras un período de ayuno, su aparato digestivo no toleraba demasiado bien la comida. Sólo necesitaba tiempo, del que disponía en abundancia y, además, a medida que progresaba el embarazo, un aura nueva, de bonanza, la revitalizaba. Mientras descansaba contra los barrotes tras una sesión de ejercicio, algo vino a quebrar la monotonía de sus días. Su custodio habitual traía a un compañero al que no había visto nunca. No poseía ningún rasgo fuera de lo corriente en aquellos individuos excepto que sus brazos rodeaban a un bebé no de su especie sino de la de Mwelu. Ésta, lamentando la suerte del pequeño, confió en que el nuevo visitante cometiera la imprudencia de ponerlo a su alcance. Y así fue.

III. EL MUNDO CIVILIZADO

Aún tenía en la boca el regusto amargo del café de la mañana. En el periódico no había demasiada faena, de modo que el joven reportero decidió tomarse un respiro e ir a almorzar con su novia. La telefoneó y quedaron en verse en el zoo de la ciudad donde ella estaba preparando un itinerario para llevar a sus alumnos de excursión. De camino, el periodista pasó frente a un escaparate de peluches y le compró un monito, su animal preferido. Disfrutaba sorprendiéndola con obsequios inesperados u otros detalles por el estilo.

Mientras la aguardaba en el interior del parque, el tórrido sol de junio abrasaba su cabeza descubierta. Además, el calor estival intensificaba las hediondas emanaciones de los animales que, hastiados, oponían escasa resistencia al ejército de moscas que se cebaba en ellos. Temiendo convertirse en futuro blanco de estos repugnantes insectos, y refrenando su vejiga, corrió a resguardarse a una zona apartada y sombría donde imaginó estarían ubicados los servicios públicos. Descendió las escaleras, pero la única puerta, apenas visible por un tapiz impenetrable de enredaderas silvestres, ostentaba un letrero de naturaleza bien distinta: “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”. Las letras blancas resaltaban sobre el azul eléctrico de la puerta metálica. Probablemente se tratara de un almacén de productos de limpieza y mantenimiento. Pero, bien por ver sajada su curiosidad con tan rotunda prohibición o bien al recordar las innumerables referencias literarias a puertas que encierran misteriosos secretos, el caso es que deslizó el picaporte hacia abajo para comprobar si efectivamente estaba cerrada. Rezando por que la puerta cediera, notó un brusco tirón, alguien la estaba abriendo desde dentro.

-¿Pero quién se ha creído usted? ¡Aquí no se puede estar! ¡Habrase visto! -le espetó un hombre con el atavío del personal del zoológico y que seguramente lo doblaba en edad. Tenía el ceño extraordinariamente poblado y, en su mirada iracunda, creyó percibir un destello juvenil, rápidamente apagado por una piel ajada anunciando una vejez en ciernes.

El reportero, algo desconcertado al principio, enseguida recobró el aplomo que, en situaciones similares, tantas veces había exigido su profesión. Con fingida calma, se identificó y mostró los credenciales del periódico. Pretextó un falso interés del mismo tanto por las instalaciones como por el equipo técnico del centro. A tal efecto, los directores del zoológico le habían garantizado una cooperación abierta por parte de todos los empleados. En otro caso, añadió tras una pausa estudiada, se vería obligado, aunque muy a su pesar, a informar de cualquier reticencia.

-¿Conque periodista, eh? Debería saber que si lo que dice resulta no ser cierto, y presumo que no lo es, no seré yo el perjudicado - acompañó su amenaza de una taimada sonrisa reparando en el peluche que, con tanta gravedad, sostenía el intruso. Por alguna extraña razón se sentía más cohibido ante aquel personaje que lo había cogido in fraganti que ante muchos de los superiores que intentaban ridiculizarlo y que él, de consabida diplomacia, esquivaba con ingenio.
–De todos modos, aunque carezca de autorización, no le falta autoridad.

Con las últimas palabras flotando en el aire, el encargado dejó entreabierta la puerta, invitándolo a pasar. Sin vacilar, el periodista entró en el recinto examinando cada uno de sus rincones. La sala rectangular, de dimensiones reducidas, estaba iluminada por una tenue luz amarilla. En el fondo de la estancia había una celda con rejas de hierro junta a la que distinguió al celador que le había dado tan pintoresca bienvenida. Llegó hasta la altura del individuo que, como quien otea absorto el horizonte, contemplaba fijamente una masa de pelo negro acurrucada contra los barrotes en una esquina de la jaula. El periodista arrugó la nariz con tal de discernir de qué clase de animal se trataba. La regularidad de su respiración indicaba que estaba dormido. El encargado dio una sonora palmada, advirtiendo su confusión. La criatura se volvió y abrió los ojos. La insondable angustia que traslucían hizo que se le encogiera el corazón. Era un gorila de montaña, un primate, un igual. Y ése era su fatídico destino. La mirada de la desdichada criatura despertó en su memoria un pensamiento que ni siquiera recordaba:”El ser humano tiene más de un 95% de gorila”. Eran palabras de su antiguo profesor de biología. El periodista se preguntó si no sería más apropiado expresarlo al revés: “El gorila tiene más de un 95% de ser humano”. De hecho, las personas olvidan con suma facilidad la humildad de sus orígenes.

-Es una hembra joven -el encargado dejó escapar un hondo suspiro y su interlocutor advirtió un atisbo de amargura. Aunque de voz cascada por el exceso de tabaco, empleaba ahora un tono más afable, como enternecido por la visión del gorila. –Se suponía que iba a ser la envidia de los catalanes, que causaría mayor furor que “Copito de nieve”, pero las cosas no han salido como estaba previsto. No se juega con la naturaleza y menos aún con especímenes que no han sido criados en cautividad.

-Tengo entendido que estos animales están en peligro de extinción.

-Así es -el hombre carraspeó. -Pero ya sabe usted que, en un mundo sin fe, es el dinero el que mueve montañas. Sin duda una inversión segura ¿no cree? -Parecía divertido tratándolo como a un ignorante y consolado en parte por la idea de que si la gorila moría, al menos, la pérdida económica sería considerable.

-¿Cuál es el motivo de su aislamiento? ¿Está enferma?

-No exactamente. Pero yo no le recomendaría que se acercara tanto.

-¿Por qué? -inquirió impávido el periodista, agazapado al pie de la jaula. En cuclillas profería sin demasiado éxito los sonidos que suelen utilizarse para llamar a las mascotas. Ladeó la cabeza para transmitir su decepción al encargado y, en ese preciso momento, el animal se abalanzó sobre él fugaz como el rayo y, con un gesto furtivo, le arrebató el peluche que asomaba entre los barrotes. El repentino acceso le hizo perder el equilibrio y cayó sobre sus posaderas. Un tanto anonadado permaneció en aquella embarazosa posición sabiéndose víctima de una inocente novatada.

- Ya le avisé -El encargado emitió una ronca risotada como la de un fuelle añejo y luego, con semblante más serio, continuó su discurso. -La pobrecilla tiene todos los síntomas de un embarazo psicológico: ausencia de regla, pechos inflamados por la leche, instinto maternal. -Le señaló a la gorila, que acunaba con delicadeza a su recién adoptado hijo. -La verdad es que no sabíamos un carajo sobre la conducta de estos animales y ahora la estamos perdiendo. Suerte que no lo hicimos público -le lanzó una mirada inequívoca. -Confiábamos en que un ejemplar joven se integraría fácilmente pero el proceso de adaptación ha sido un auténtico fracaso. Desde luego, la separación brusca de la familia es un trauma que difícilmente superan. -Esta vez era él quien, apoyado en los barrotes, había traspasado el límite de proximidad sin suscitar ninguna reacción por parte de la cautiva.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -Al reportero no dejaban de inquietarle unas revelaciones que sin duda le valdrían la jubilación anticipada a su interlocutor.

-¿Sabe usted algo de Coco?

El reportero asintió.

-Yo mismo cubrí la noticia. -Coco, un simpático chimpancé del zoo de Valencia, se fugó de su celda en abril y fue abatido camino de la libertad.

-Pues verá, fui yo quien dio luz verde a los disparos.

La mañana del domingo, el joven periodista navegaba por Internet sorprendido por la persistente actividad de los furtivos en las reservas de gorilas, cuando su hermana llamó por teléfono para invitarlo a comer a su casa. No necesitó preguntar para saber que lo aguardaba una carne de primera y decidió contribuir a la mesa con un buen reserva de su bodega. Mientras esperaba a que la comida estuviese lista, vagabundeó un poco por el apartamento. Su sobrina, encorvada sobre el escritorio de su habitación, sacaba la lengua en actitud de concentración extrema. Al oír los pasos, alzó la vista y sonrió encantada de ver involuntariamente interrumpida su tarea, por lo cual no sería reprendida.

-Estoy haciendo los deberes. Mi madre no me deja salir con mis amigas hasta que los acabe- dijo con aire de fastidio.

-Veamos, ¿en qué curso estabas? ¿Primero o segundo de carrera?

-¡Tío! Sabes perfectamente que este año he empezado con la ESO – La halagaba que bromeara acerca de su condición universitaria.

- Pues entonces quizá pueda echarte un cable. ¿De qué va el asunto?

-Ética- la niña le tendió el libro escolar.-Tenemos que responder a unas preguntas sobre este texto -lo marcó con el índice.

El periodista leyó el título: “Declaración Universal de los Derechos del Animal”; siguió con el preámbulo y los artículos, que le resultaban remotamente familiares, sin poner especial énfasis. Entonces llegó al artículo 4:

A) Todo animal perteneciente a una especie salvaje tiene derecho a vivir libremente en su propio ambiente natural.

B) Toda privación de libertad, incluso aquella que tenga fines educativos, es contraria a este derecho.

También el décimo le llamó la atención:

A) Ningún animal debe ser explotado para esparcimiento del hombre.

B) Las exhibiciones de animales y los espectáculos que se sirvan de ellos son incompatibles con la dignidad del animal.

Leyó con avidez los artículos restantes y, poco a poco, notó cómo se le formaba un nudo en la garganta.


* * *

“El número de diferencias genéticas entre los humanos y los chimpancés es aproximadamente 10 veces menor que entre los ratones y las ratas”

El Mundo, 1 de septiembre de 2005


“La cuestión no es ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?”

Peter Singer, autor de Liberación animal











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