Un aullido rasgó aquella noche de luna llena. Se escuchó el sonido de unas garras contra una puerta. Un revoloteo de aves alborotando en el corral. Y luego, el silencio.
-Yo digo que han sido lobos- dijo el leñador a altas horas de la noche en la taberna, donde todo el pueblo tertuliaba sobre lo sucedido hacía dos noches en casa del maestro de la escuela.
-Eso no es obra de lobos –dijo con cara de entendido el médico, Don Álvaro-, no son tan inteligentes ni hacen una carnicería con tanta limpieza, si lo sabré yo…
-Le sigo diciendo que eso son lobos, usted no ha visto muchas de sus fechorías en el bosque cercano a la aldea, El Áldar, allí yo he visto cosas que habría merecido la pena no ver –dijo Tomás, el leñador, en un susurro y temblando de pánico-. He visto… manadas de ciervos muertos sin ni una gota de sangre manchando el suelo donde yacen, jabalís con la cabeza separada del cuerpo, ni sé cómo lo hacen ni quiero saberlo pero lo que les puedo decir es que son lobos…
En la Taberna se podía cortar el aire, no se oía ni una respiración, sólo silencio…
-No exagere, hombre –dijo el párroco intentando suavizar el momento–, esas cosas…
-Le digo que lo hacen los lobos –dijo enojado el leñador dejando la jarra de cerveza de un golpe en la mesa –, usted no ha visto sus obras, rece a Dios por no verlas…
- ¿Y cuándo dice usted que ha visto eso? – preguntó interesado el boticario, Don Severio.
-La manada de ciervos, hace veinte noches, del jabalí, apenas nueve…
-¡Malditos lobos! -dijo el cazador entrando a la Taberna y dando un portazo -. ¡Esos malditos lobos van a acabar con toda presa en el bosque en menos de un mes!
-Buenas noches, señor Ramón, ¿le sirvo algo? -preguntó el tabernero al rabioso cazador.
-Maldita sea , lo de siempre, un buen aguardiente y algo para picar… Buenas noches, Señor Párroco, Don Álvaro, Don Severio, buenas noches a todos…
-Ramón, buenas noches, ¿se une a nosotros?. Tertuliábamos sobre el tema que maldecía mientras entraba… -comentó Don Severio.
-Claro, me vendrá bien conversar un rato… por favor pónganme ustedes al corriente un poco…
TRES NOCHES DESPUÉS…
-¡No podemos seguir así! Hay que hacer algo, ya ha habido cinco ataques en tres días y una persona ha desaparecido, no sabemos nada del hijo de Leonor; dijo que mientras ella trabajaba en su ultramarino su hijo fue al Áldar a jugar con un amigo y sólo volvió el otro niño y aún no ha hablado nada, parece estar atemorizado por algo que sucedió. Salieron dos hombres a buscarlo, tan sólo encontraron uno de sus zapatos…- comentó con aire grave Tomás.
-No, por supuesto, pero qué hacer… -dijo preocupado el letrado Javier.
-Propongo realizar una cacería -dijo el diestro cazador mientras daba sorbos a su whisky- una como nadie ha visto; debemos poner fin a estas atrocidades. Cuántos corrales más dejaremos en manos de los lobos…
-SÍ, SÍ,… -gritaron enfurecidos los que presenciaban el discurso, de acuerdo con el cazador.
-¡Cuántos desaparecidos más tendremos que tener para poner manos en el asunto!
-¡Muerte a los lobos!
-¡Vamos de caza, amigos, vecinos, gente de la aldea de Garol, no vamos a seguir ignorando la situación!
-¡NO, no lo permitiremos! -se escuchó a coro.
-No se hable más, ¡mañana iremos de caza! …
A LA TARDE SIGUIENTE
Todo el pueblo estaba congregado en la plaza principal de Garol, Ramón estaba sobre la plataforma de la estatua de la fundadora del pueblo, Bianca Garol, una intrépida cazadora, antepasada de Ramón. Allí estaban preparados para partir el boticario, Tomás el leñador, el doctor Álvaro, el tabernero Heliodoro, Ramón, que ansiaba la cacería, y una persona que no cabía esperar, el alcalde del pueblo, Don Prudencio, que decía sentirse responsable de su pueblo además de Leonor, con lágrimas en los ojos y una escopeta en la mano.
Todos los que iban a participar en la cacería iban bien provistos de armas, abrigo y alimento para varios días, pues sería una cacería intensa. Nadie sabía por dónde empezar pero decidieron ir al bosque de Áldar porque parecía ser donde se refugiaban esas perversas criaturas, los Lobos a los que tenían que dar muerte. En las miradas de los presentes, además de sus poses de valor había atisbos de terror en sus ojos.
Se despidieron de sus familiares y se dispusieron a partir.
Llegaron al bosque cuando anochecía, era una noche de luna creciente, faltaban dos días para la llena. Se adentraron en él. Caminaron largas horas por el Áldar y nada parecía fuera de lo normal, un búho ululando, unas pisadas rápidas de algún animal y el susurro del viento en las hojas de los tupidos avellanos y los majestuosos robles. Tras un rato decidieron acampar en un claro que el leñador conocía, pues éste conocía la parte oriental del bosque, la que daba a la aldea, como la palma de su mano. El cazador conocía la zona norte, en la que cazaba, una de las zonas más peligrosas.
Decidieron que montarían guardia por la noche cada dos horas, ahora era el turno de Tomás, el leñador, pero nadie quería dormir, pues se debían pensar muchas cosas, ya que ésta no era una cacería normal. Decidieron ir a visitar al druida del bosque, que vivía solo en la parte sur del bosque y sólo iba al pueblo en las fiestas, este se llamaba como el bosque, Áldar. Debían encontrarlo, él tendría respuestas, pues era sabio y conocía perfectamente la naturaleza y el bosque.
La noche pasó sin novedades, pero conforme se adentraban en las entrañas de aquel bosque, notaban más la congoja en sus corazones, los pies pesaban más, y el alma parecía ausente en ellos, pues se sentían inseguros en todo momento.
Tardaron dos días en llegar al claro de Áldar, el Druida, aquel tranquilo y apacible claro con una pequeña choza de paredes de mampostería y tejado de madera y cubierto por una hermosa planta trepadora, con llamativas flores acampanadas color bermellón. Una titilante luz chisporroteaba en el interior de la cabaña, pues ya anochecía y una pálida luna se elevaba hacia el cielo sin nubes, ya era luna llena y los lobos despertaban.
Se aproximaban a la cabaña cuando una voz les sorprendió desde atrás, era el anciano druida.
-No deberíais estar aquí esta noche, es luna llena -murmuró sonriendo y señalando al cielo-. No, no es nada prudente -dijo mientras llegaba al umbral de su casa apoyado en su báculo, pasando a través del grupo- bueno, esta noche tendré invitados, o eso parece...bien, bien,… pasad no os quedéis ahí, esta noche han de pasar muchas cosas, y mucho habréis de escuchar y aprender si queréis que Garol vea el amanecer de un nuevo día…
Dicho esto, los siete cazadores, se dispusieron a entrar al acogedor hogar de Áldar.
Era una hermosa vivienda con muchos muebles y extraños cachivaches y manojos de hierbas colgando de las paredes, y había una bella marmita de cobre labrado al fuego con un guiso hirviendo.
Sin que una palabra fuera dicha, los Siete tomaron asiento mientras el Druida canturreaba sirviendo en cuencos un poco de guiso de conejo y hortalizas bien caliente, que a estos les sentó mejor que muchos de los grandes banquetes celebrados en Garol; en verdad era un guiso reconfortante y muy aromático.
-Veo que es de vuestro agrado ese guiso. Bueno, ¿qué queréis saber… algo sobre lobos? -el silencio respondió–. Bien, bien,… -dijo con una sonora carcajada-, os contaré una historia que data de la fundación de vuestra aldea… Hace exactamente 50 años y cuatro ciclos lunares en el día de hoy, que una gran cazadora llegó a este bosque con el objetivo de establecerse en él junto con un grupo de gente en exilio, sí, vuestros antepasados. Había un hermoso valle al este del bosque, donde ahora se sitúa vuestra aldea precisamente… En fin, como iba diciendo, Bianca Garol, aquella intrépida y bella cazadora se enamoró de aquel mágico lugar, pero, pues siempre hay un pero, aquel paraíso terrenal estaba ya ocupado, una manada de lobos habitaba en una cueva que había en el mismo valle, una gran manada, que como supongo que sabréis, fue liquidada por Bianca. Una vez los lobos fuera de juego, se empezó a construir un pequeño poblado que hoy conocemos como Garol; por su fundadora. Bueno, la historia está contada, y ahora decidme, ¿qué os trae a cazar lobos?
-Deseamos que terminen las fechorías que éstos hacen a nuestro pueblo.
-No, no los buscáis por ese motivo, hay otros motivos que gobiernan vuestros corazones.
Hubo silencio.
Hubo silencio y un cruce de miradas entre el grupo.
-En fin, yo ya voy a retirarme, si requerís de mi presencia…
Todos quedaron en silencio, con la lengua pegada al paladar, pero aún no entendían el sentido de estos nuevos ataques de los lobos…
-Gran Druida -dijo el herbolario con voz tremolante-, aún no comprendo el motivo de estos nuevos ataques…
-Creí que era evidente -comentó Áldar-, es una cuestión de… venganza -pronunció esbozando una malévola sonrisa-; esos lobos están capitaneados por el líder lobo que Bianca mató con sus manos, el Gran Lupus, que parece haber regresado del Garsai, el mundo de los muertos, para vengarse, ahhh…-bostezó el Druida-. Buenas noches… -y su voz se fue perdiendo en la cabaña como un susurro distante mientras desaparecía tras una puerta.
El silencio gobernaba la estancia hasta que una voz apagada lo rasgó.
Era Tomás.
-No sé vosotros, pero yo estoy aquí porque quiero salvar a Garol -murmuró gravemente-. ¿Vosotros en qué situación estáis?
Leonor se echó a llorar.
-Yo estoy aquí por venganza -dijo entre lamentos, la desgraciada mujer-, por mi hijo muerto…
-Pues yo… -balbuceó el alcalde ante las miradas expectantes de sus compañeros- pues yo… he venido porque… porque quería ser famoso, lo deseaba… deseaba ser reelegido en las próximas leciones…
-Bueno, Severio -dijo Tomás-, ¿usted qué hace aquí?
-¿Yo?, he venido a ayudarles, pero lo que en verdad me mueve es la curiosidad, y Heliodoro comparte la opinión conmigo, si así creo…
-Efectivamente, efectivamente, perdonen pero soy un incrédulo.
-Yo, el doctor don Álvaro, estoy dispuesto a descubrir la explicación de todo esto…
-Bien, bien, una cosa solucionada, ahora debemos…
-Usted no ha dicho su motivo, señor Ramón…-le interrumpió Leonor.
-Yo estoy aquí porque me divierte cazar, además de que es mi trabajo, por supuesto.
El Druida apareció con cara preocupada.
-Están aquí, os buscan. Mirad fuera.
Rápidamente todos acudieron a las ventanas y vieron infinidad de puntos brillantes en la oscuridad, unos ojos que buscaban sus presas, unos cazadores sedientos de venganza.
Cargados con las armas a punto, se prepararon por si atacaban.
-Bajad las armas, aquí no pueden entrar, no mientras yo no se lo permita- dijo Áldar
-¿Cómo, tú los controlas?
-Oh, por supuesto que no, pero en mi casa no entra nadie mientras yo no lo permita, pero la vuelta de Lupus he de deciros que es culpa mía, yo lo invoqué del Garsai porque él me lo pidió, soy un druida y además de hacer pócimas y ser sabio, puedo contactar con los espíritus de los muertos. Él ardía en la venganza y había que restaurar el equilibrio del bosque… -concluyó el druida.
-Pero, ¿por qué nos has traicionado?
-Yo no he traicionado a nadie, soy neutral en este asunto, esto sólo concierne a Garol y a Lupus…
-Pero si el pueblo no ha hecho nada…
-Yo no me refería al pueblo…
-¿A quién entonces?- preguntó Álvaro-, responde.
- A Bianca, o mejor dicho a su descendiente aquí presente.
Todos miraron a Ramón, el cazador, que ahora se hallaba pálido y tremolante, con la mirada huidiza…
-Yo no he hecho nada…
-No digas eso, lo empezó Bianca y tú lo sigues haciendo…
-¿El qué?
-Matar lobos -contestó furioso el apacible Áldar-, matar lobos por diversión, o piensas que no te he visto en el bosque matando con tus manos a cachorros o poniendo trampas para ellos…
-Yo…
Ramón no supo qué responder, pues era cierto, se dedicaba única y exclusivamente a matar lobos en el bosque por diversión.
-Los lobos lo buscan sólo a él…
-Pero, ¿y las otras muertes, y el rapto del niño…?
-Lupus está aquí en espíritu y necesita a otros espíritus para alimentarse y poder conservar el cuerpo de barro y huesos del que está hecho, Leonor, lo de tu hijo fue un rapto, los lobos no lo mataron, pues estaban aquí cuando sucedió, si creo bien, tu hijo ahora se encuentra en la cabaña de Ramón, en el bosque, pues creo que quería acusar a los lobos de su muerte…
-¿Cómo sabes todas esas cosas, viejo espía?- dijo el cazador enojado.
-Yo veo muchas cosas, pues soy el bosque y todo lo que el bosque ve lo veo yo también.
-Maldito, pagarás por ello… -dijo Leonor enfurecida-. Si es este maldito cazador lo que los lobos quieren, -dijo a los demás-, ¿por qué no se lo damos?.
-No, -dijo Tomás, muy serio-, debe ser juzgado por el pueblo…
-No lo conseguiréis, no conseguiréis llevarme hasta el pueblo -dijo blandiendo la escopeta cargada contra sus compañeros y de espaldas a la puerta-. Antes me iré…
Y así salió por la puerta, cerrándola de un portazo. Los aullidos se oían más cerca de la casa, se escucharon unos disparos, los apresurados pasos del cazador, sus agónicos gritos, y luego, nada, sólo el silencio.
Con precaución, los Seis y Áldar salieron fuera de la casa, no había ni rastro de lo pasado, se escucharon unos aullidos en la lejanía, unos aullidos que indicaban algo, pero, ¿el qué?.
Los que quedaban allí se despidieron del druida y regresaron rápidamente al poblado, que quedaba ahora más cerca de ellos, pero antes pasaron por la cabaña del leñador, donde encontraron sano y salvo al muchacho, que se abrazó fuertemente al cuello de su madre; así emprendieron el último tramo del viaje.
Estaba a punto de amanecer, y apenas unos arbustos ocultaban Garol de su vista, cuando el gallo cantó, no llegaron a ver a Garol …sólo escucharon el aullido de los lobos cercanos…