Premis juvenils literatura breu 2004
JUAN Y MEDIO
Yolanda Blanco Sola / Premi de narrativa en castellà


Juan y Medio

Era a principios de primavera. Como cada año las golondrinas volvían de sus lugares de invierno. Como cada año buscaba su nido, el que generalmente utilizan año tras año. Una pareja buscaba un lugar para hacer su primer nido. Buscaban por toda la ciudad, por tejados y torres para encontrar el mejor sitio, el que más seguro fuera. ¡Por fin lo encontraron! Era bajo una cornisa del campanario de San Francisco, allí, aquel les pareció el mejor sitio. Desde allí podían divisar todo el puerto. Allí había gran cantidad de insectos para alimentarse y alimentar a sus hijos.

Empezaron a trabajar. Con su pico iban haciendo bolitas de barro, iban pegándolas entre la pared y la cornisa del viejo campanario. Poco a poco fueron construyendo una semiesfera. En ella solo quedó un pequeño agujero por el que se podía entrar a su interior. Después las golondrinas lo acondicionaron por dentro con hierbas secas para que fuese blandito y más caliente. Al cabo de unos días y cuando todos los trabajos de construcción y acondicionamiento estuvieron terminados, la hembra de esta pareja de golondrinas puso cuatro huevos. Uno de ellos era más grande que los otros tres. La hembra los encubó y pasado un tiempo nacieron los cuatro pollitos, pero aquel, el del huevo más grande, nació mucho más grande que los otros tres, tanto que sus padres habían pensado llamarle Juan, pero como era tan grande, decidieron llamarle Juan y Medio.

Pasaron los días y a Juan y Medio y a sus hermanos empezaron a salirles las plumas y a abrir los ojos. Mientras sus padres se afanaban en traerles comida.

A Juan y Medio le gustaba sacar la cabeza por el agujero de su nido. Desde allí veía todo el puerto. A él le encantaba aquella vista del puerto azul que lo tapaba todo. Un día le preguntó a su madre:
-¿Mamá que es aquello azul?
Su madre le dijo:
- Juan, aquello es el agua y tú no debes posarte nunca sobre ella.
Pero Juan que era muy curioso preguntó:

- ¿Por qué no?
Su madre le dijo:
- Porque tú eres una golondrina y las golondrinas no nos podemos posar en el agua, porque no sabemos nadar y nos ahogaríamos. En el agua se posan los patos porqué ellos si saben nadar. En ese momento un barco entraba en el puerto y Juan y Medio al verlo pensó que debería ser un pato de los que le había hablado su madre. Cuando le preguntó a su madre esto, ella le dijo que no, que los patos son animales como las golondrinas aunque un poco más grandes. Así Juan y Medio pasaba los días asomado al agujero de su nido mirando todo lo que cruzaba ante él con gran curiosidad. Con ganas de saber que era todo lo que veía. Juan y Medio poco a poco fue creciendo y cubriéndose de plumas. Así, un día su padre le dijo:
- Juan, ya has crecido. Ya tienes tus alas listas para volar.
Juan quedó en silencio. Ahora no sabía que preguntar, porque la emoción era tan grande que se quedó sin palabras. Era tanto su deseo que no supo que decir. Aquella emoción y en parte miedo a volar por primera vez le invadió todo su cuerpo, dejándolo inmóvil por unos momentos, pero reaccionó. Estiró sus alas y miró hacia a bajo el acantilado hasta el puerto le pareció más alto que otros días pero con voz firme dijo:

- Estoy preparado para aprender.
Entonces su padre le respondió:
- Daremos una vuelta a la torre del campanario y nos posaremos en el tejado.
Tras explicarle como tenía que poner sus alas, Juan se puso al lado de su padre al lado y ambos se lanzaron juntos al vacío. A Juan le pareció que su estómago se le quedaba atrás, pero pronto empezó a mover sus alas y consiguió girar, hacer un círculo en el aire y pararse en el tejado.
- Muy bien – le animaba su padre.

Así Juan y Medio estuvo practicando durante unos días. Después empezó a buscar su comida en vuelo, como hacían sus padres. Así, poco a poco, Juan consiguió dominar el vuelo, su gran tamaño no era un problema, podía planear con gran facilidad y disfrutaba haciéndolo. Le encantaba lanzarse en picado desde la torre del campanario y bajar el acantilado con las alas casi plegadas, hasta llegar al agua y salir con un vuelo raso que casi podía tocarla. Le encantaba sobrevolar el puerto, lo hacía varias veces, desde la bocana hasta la dársena, sus cinco kilómetros eran para Juan todo su mundo, subía y bajaba esquivando barcos y veleros, volando tan cerca del agua que con su cola podía dibujar un surco. Así pasaba Juan su primer verano entre gozos y alegrías, sin preocupaciones y haciendo lo que más le gustaba que era volar.

Llegó el otoño pero Juan no tenía noción del tiempo, para él todo era su campanario, su acantilado y su puerto, volar, hacer picados sobre el acantilado y vuelos rasantes sobre el agua. Así se pasaba los días Juan, y con aquello era feliz.

Un día, a mediados de otoño, sus padres le dijeron:
- Juan, tienes que prepararte. Pronto tendremos que emigrar. Tienes que comer y ponerte fuerte para el gran viaje.
Juan quedó sin palabras, quedó como aquella vez que su padre le dijo que iba a volar, quedó sin saber que decir, pero esta vez no era por la emoción. Esta vez, no sabía que era aquello, que significaba; y preguntó a su madre:
- ¿Mamá qué es emigrar? ¿ qué significa el gran viaje?
Su madre le con toda naturalidad le explicó:
-Juan, pronto tenemos que irnos a otro lugar que está muy lejos de aquí. Por eso tienes que comer mucho, para tener fuerzas para el largo camino.
Pero esto dejó a Juan más sorprendido, ¡irse a otro lugar lejos de allí! Él no entendía nada, allí tenía lo que quería: allí tenía comida, allí era feliz, ¿por qué tenía que irse?
Juan volvió a insistir a su madre:

-¿Por qué razón tenemos que irnos?
-Mira Juan – respondió su madre- tú eres una golondrina y las golondrinas siempre nos vamos antes de que acabe el otoño, así lo han hecho mis padres, los padres de mis padres ,los padres de los padres de mis padres... y así ha sido generación tras generación.

Pero para Juan aquello no era bastante. Él seguía sin comprender porqué tenía que dejar su campanario, su acantilado y su puerto. No insistió más. Pasaban los días y Juan seguía pensando, seguía sin comprender porqué tenía que irse, y poco a poco fue tomando una decisión.

Una mañana, ya avanzado el otoño, cuando Juan se despertó vio que había una gran concentración de golondrinas. Todas estaban nerviosas e iban de un lado a otro, pronto Juan comprendió que aquel era el día en que se irían. Aquel era el día en que él se quedaría solo. Le entró una gran tristeza que volvió a invadir su cuerpo como en aquella otra ocasión pero esta vez era de pena. Él ya había decidido que se quedaba. Él no haría aquello que llamaban migración, él se quedaría en su mundo, así lo había decidido.

La gran bandada levantó el vuelo. Juan los siguió, voló en círculo sobre las golondrinas, dio varias vueltas hasta que vio a sus padres y a sus hermanos. Estaban en medio de aquella bandada, desde la distancia Juan los miró y ellos lo vieron a él, su familia sabía que Juan no les acompañaría, pero ya era una golondrina adulta y no podían hacer nada. Juan les acompañó hasta la bocana del puerto volando a cierta distancia, pero sin dejar de verlos. Volaban hacía el sur. De pronto Juan hizo un giro hacia arriba dejando ver su barriga blanca, era como un adiós, y así lo entendieron sus padres y hermanos, y acabando su giro hacia arriba dio la vuelta completa y cayendo en picado hasta llegar al nivel del agua, paso por entre las balizas de señalización para los barcos, y remontó el puerto, pero aquella vez cuando llegase a la dársena y subiera hasta el campanario él sabía que estaría solo, subía el puerto haciendo zigzag. Aquella vez tardo más que ninguna otra.

Juan pasaba los últimos días del otoño entre barcos y velas, entre picados y vuelos rasos. ¡Y cómo disfrutaba haciendo aquello cada día! Una tarde Juan sintió que empezaba a hacer frío, notó algo que hasta entonces no había sentido, y por intuición decidió meterse en el nido donde había nacido. Durante la noche Juan sintió que algo estaba pasando, el viento se oía silbar, parecía que todo se iría volando por los aires. Juan permaneció toda la noche apretado cuanto podía en el interior de su nido. Empezaba a sentir miedo, y aquella noche parecía más larga que las demás, Juan no podía dormir, estaba asustado.

A la mañana siguiente Juan pudo mirar por aquel pequeño agujero que le servia de puerta, y vio los árboles que se doblaban por la fuerza del viento, vio su puerto agitado y revuelto nada parecía igual y él no podía salir, seguro que si lo hacia seria arrastrado por el viento, Juan pensó que lo mejor sería quedarse en el interior del nido, allí parecía estar seguro, así acurrucado pasó todo el día, sintió hambre, tenia ganas de estirar sus alas pero no podía.

La noche siguiente, fue como la anterior con viento y frío y así hasta el tercer día que el viento paro y Juan pudo salir, estaba hambriento, llevaba tres días sin comer, se lanzo sobre el acantilado hasta llegar al nivel del agua, allí el sabía que había comida, pero cuando llego no encontró nada, los insectos con los que él se alimentaba habían desaparecido, el viento del norte lo había limpiado todo, Juan no lo sabia, ahora lo veía claro, busco comida y se alimento con lo que pudo, así durante algún tiempo, pero cuando creía haber olvidado aquella pesadilla vino un nuevo temporal de agua y viento, Juan pasaba la mayor parte del día en el interior de su nido, cuando podía salía a buscar algo de comida, pero era muy difícil encontrarla y tenía que hacer un gran esfuerzo para luchar con los elementos de la naturaleza y se sintió débil, aquello era el duro invierno el que Juan no conocía. Así pasaba los días, con frío hambriento y solo. Se sintió mal, pensó en su familia, ¿dónde estarían ahora? Él no podía saberlo, él nunca emigró, solo sabía que se fueron hacia el sur pero él no podría ir, estaba muy débil y se perdería, lo único que podía hacer era refugiarse en aquel nido que construyeron sus padres, y recordar los cálidos días de verano, sus vuelos por el puerto, los barcos que ahora tampoco los veía, seguro que también habían emigrado, pensaba Juan.
Pasaban los días y Juan estaba cada vez más delgado se encontraba más cansado y débil, ya solo vivía de sus recuerdos del verano, de sus revoloteos, de sus vuelos, de su familia, ¡cuánto los echaba de menos, cuanto los necesitaba ahora!

Pasaron mas días de viento, lluvia y frío, Juan seguía en su refugio, no sabía cuanto duraría aquello, era él primer invierno de su vida, tampoco sabía cuanto podría aguantar sin comer, sin salir, sin volar, sus recuerdos los veía cada vez mas lejanos, veía que su vida se iba apagando y ya casi no sentía el frío, el dolor ni el hambre, ya no luchaba por sobrevivir. Juan y medio se abandonó a su suerte, Juan había perdido toda esperanza de pasar aquel nuevo temporal de mal tiempo y se abandonó en lo más profundo de aquel nido que le había visto nacer. Él acabaría donde empezó y pensando esto cerró los ojos y entró en un profundo sueño.

Un extraño ruido despertó a Juan desde lo más profundo del nido donde se hallaba y sin moverse abrió los ojos. A través de la puerta del nido vio el sol, no hacía viento, todo era calma, tal vez había muerto y aquello era el cielo, pero él seguía escuchando aquel susurro a lo lejos, era el ruido que le despertó. No sabia cuanto tiempo había dormido, había perdido la noción del tiempo. Estuvo mucho tiempo sin moverse y ahora le costaba hacerlo, tal vez era una pesadilla, tal vez estaba muerto, pero aquel murmullo lo seguía oyendo y cada vez mas cerca. Escucho con más atención y el ruido se acercaba, Juan no podía creerlo y sin embargo cada vez lo oía más cerca. Intento levantarse pero no podía. Ahora estaba seguro, estaba oyendo a su familia. Oía a sus padres y a sus hermanos y a muchas golondrinas.

Hizo un esfuerzo y se levanto, se acerco al agujero y los llamo, sus padres vinieron hasta el nido, Juan y Medio estaba en las últimas, estaba muy delgado pero Juan aún tenía fuerzas para llorar, llorar de emoción, de felicidad, de alegría. Salió del nido animado por sus padres, y se lanzo para buscar comida, acompañado de los suyos, el picado sobre el acantilado aquella vez no fue a propósito, es que Juan no podía controlar el vuelo y apunto estuvo de estrellarse sobre el agua, pero salió dando con su barriga en el agua y consiguió controlar el vuelo.

En pocos días Juan se recupero y volvió a ser el de antes, pero ahora sabía más, ahora sabía por que las golondrinas emigran, ahora sabía cual era la razón.

Todas las golondrinas emigran porque así lo hacían sus padres y los padres de sus padres, y así durante generaciones y generaciones, pero se les había olvidado el motivo por el que lo hacían.

Ahora Juan lo sabía y se lo enseñaría a sus hijos y a los hijos de sus hijos y así hasta que viviera.

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