Traté de ocultarme entre el ramaje de aquel árbol mientras escuchaba aquellos pasos que lentamente iban apoderándose del camino.
Mis mañanas transcurrían en el cruce de dos sendas, entre aquellas ramas intentaba descubrir, adentrarme en el camino de la vida. Sabía que mis pensamientos podían llevarme mucho más allá de la realidad; pero mis ojos no podían engañarme.
Me complacía sobrepasar los límites de las sensaciones y recorrer el mundo a través de la imaginación. Esa manera de deleitarme era un efecto más de mi monotonía, de la soledad que inundaba mis días.
Con el tiempo había aprendido a caminar fuera de mi camino. Mi vida era el cruce de dos sendas, mis pasos no eran mis propios pasos, tan sólo sabía seguir las huellas de aquellas personas que observaba pasar cada día por aquel cruce.
La ilusión que navegaba por mi sangre en ese mismo instante en el que mis oídos percibían la proximidad de aquellos pasos, era fruto de una obsesión, y esa obsesión era la única medida de mi felicidad.
Aquel cruce era la muralla que me impedía ver el horizonte; pero yo no tenía la fuerza necesaria para poder alcanzarla, como si temiera romper aquel silencio de inquietud; silencio de días soleados y nublados, silencio oculto en los arbustos... como si aquel silencio me bastara para ser feliz.
En cierto momento vi una silueta que parecía cargar sobre sí con el peso de los años. Pensé que la expresión de su rostro estaba hecha por todo aquello que había vivido: arrugas que podrían ser el después de muchos momentos de risas, o de las mismas lágrimas que podría haber derramado en tantas ocasiones. Yo, con mis dieciocho años había llorado muchas veces, porque en la tristeza y el dolor las lágrimas eran mis propias palabras, y aquel árbol el único hombro en el que poder apoyarme. El único hombro donde derramar mis lágrimas, donde volcar el torrente de emoción que cada cierto tiempo, irrumpía con dolor, estruendo y silenciosa violencia al exterior. Quizás aquella silueta cuyos pasos resonaban en aquel cruce percibiera la humedad cercana, depositada a los pies de aquel árbol; alimentado de las lágrimas, que hacían crecer delicadas flores al pie del árbol, movidas por el viento, por la lluvia; frágiles. Mirando con ese gesto que yo creía infinito entre las ramas, me sorprendió la mirada de aquella persona detenida en el cruce, mirando hacia donde yo me encontraba.
Mirando sus manos, creí ver el recuerdo de muchas caricias, del esfuerzo y sacrificio para salir adelante. No sin dificultad separé mis manos de las ramas a las que estaban aferradas, y observando en ellas marcas y heridas tuve la impresión de que jamás recordarían el tacto del cariño y del amor, de que sólo quedarían cicatrices. Sentí miedo; aquella mirada escrutadora parecía ver más de lo que yo creía. Me sujeté de nuevo con un impulso; la inseguridad se adueñaba de mí; mientras el anciano se detenía a poca distancia de mi escondrijo.
Mirándole a los ojos, me di cuenta de que él estaba lejos en el pasado en esos momentos; su cuerpo esperó pacientemente hasta que retornó.
-"Hola"- su saludo me sobresaltó. Tenía una voz profunda, amable.
-"¿Quién eres?"- mi pregunta reflejaba mi inquietud.
-"Eso ahora no importa. Lo realmente importante es: ¿Quién eres tú?"- Pensé en mi nombre, pero advertí en su expresión que la pregunta era más profunda de lo que aparentaba. Se refería a mi ser.
-"No sé quién soy. Hubo un momento en el que me perdí, y no he sabido continuar caminando. Sé mucho, pero soy capaz de poco"-me sorprendió la confianza espontánea que tenía hacia él. Intuición. Ahora sé que no tenía nada que perder. Después de asentir con la cabeza imperceptiblemente, me dijo:
-"¿Por qué crees eso? ¿Qué es lo que crees saber de ti mismo y de lo que es tu vida? Si eres transparente conmigo, la luz iluminará tu interior. Confía en mí."-las preguntas me sobrepasaban, pero dentro de mí algo luchaba contra murallas y miedos por salir fuera. No me quedaban lágrimas para llorar, así que empecé a hablar:
-"Hace tiempo ya que no sé dónde está ni cuál es mi camino. He intentado seguir otros caminos, caminos ajenos, vagando por sendas desconocidas; algunas bien definidas, otras difusas, otras casi borradas por el tiempo; ninguna de ellas me correspondía. Sufrí mucho, y me extravié por un tiempo. Fui perdiendo progresivamente la perspectiva, el Norte de mi vida; la alegría y mi identidad. No he podido encontrar mi camino. He estado en soledad, a menudo entre varios caminos, con miradas extrañas posadas sobre mí. Con rabia y tristeza huía de esas situaciones que me perseguían. Un día encontré este árbol, era mucho más pequeño que ahora. Yo lo he cuidado, y él me ha servido de cobijo, mas eso no me ha hecho feliz. Ahora ese arbolillo es este árbol que ves, y me sobrepasa con creces. Pero nunca he estado oculto del todo a los demás. Poco a poco el silencio como un suave tirano conquistó mi vida. Pero mi interior bullía en mil direcciones distintas, con infinitos pensamientos que no me conducían a nada; sólo a esta soledad y al continuo sufrimiento, en círculos que se entrecruzan formando una malla que encierra mi mente. La fantasía era y es mi escape, pero siempre retorno al origen irremediablemente..."-
-"No puedes huir indefinidamente"-con dificultad salí del ensimismamiento que había provocado en mí la introspección, y le miré inquisitivamente-"Es lo que me dijeron a mí, y yo te lo transmito. Tu máximo enemigo eres tú; lo que facilita la solución, y a la vez la dificulta".
-"¿La solución a qué?"-
-"Cuando antes te enfrentes a tu interior, antes podrás caminar, correr, avanzar por el camino. No busques una solución inmediata; porque no existe."
-"Eso supone luchar contra mis miedos y convicciones. Luchar contra aquello que hace tiempo creí invencible, eterno".
-"No he venido para instruirte, enseñarte una filosofía o pensamiento universal."
-"No entiendo por qué quieres ayudarme. Nadie ha querido nunca. ¿Por qué tú sí?"-seguía sin comprender su presencia.
-"Cuando te he visto desde el camino, me he visto a mí mismo hace muchos años. Mi camino me ha conducido a este cruce, y no por casualidad."
-"No puedo. No tengo fuerzas; no soy capaz de abandonar este árbol"- una parte de mí estaba dominada por un miedo irracional.
-"Lo sé, por eso estoy aquí. La soledad es buena en su medida; te reencuentra con tu esencia interior, es cierto, pero en exceso te destruye. El peligro de todo aquello que temes no es comparable al de la soledad."-El anciano calló, y mi mente era como un torbellino.
Sus palabras resonaban fuertemente en mi interior, no lograba retener todo aquello que aquel hombre intentaba mostrarme. Nunca me había fiado de nadie, ¿Por qué tendría que fiarme ahora de él? Pero esas palabras no salían tan sólo de una silueta, sino que eran el final de un largo recorrido. Aquellas palabras habían llegado a una meta.
Intenté autoconvencerme a mí mismo de que sabía vivir, de que aquel cruce me había enseñado todo lo que tenía que saber en la vida; de que tenía un camino propio. ¿Por qué entonces aquel hombre me hacía dudar de ello? Pero entonces volví a mirar mis manos; las horribles heridas que en ellas había y pensé en las de aquel hombre; era verdad, yo no había tenido a nadie cuando me había caído de aquel árbol, siempre había tenido que arrastrarme con mis propias fuerzas, para poder trepar por el tronco y aferrarme de nuevo a las ramas de mi árbol, no había tenido nunca una mano que me ayudara a levantarme del suelo. Más frases me rondaban por la cabeza, frases que el anciano me dijo después de aquel silencio.
"No has logrado divisar tu camino porque siempre has estado evitándolo". ¿Qué querría decir con eso? Era verdad que muchas veces había deseado algo distinto a lo que podía encontrar en mi árbol, y que siempre la contradicción que rondaba por mi cabeza, lograba vencer ese deseo, que se extinguía como una llama apagada por el viento.
"Sal de tu interior, te tienes que dar una oportunidad, empieza a andar y más tarde podrás decidir si quieres seguir caminando o si prefieres quedarte aquí". No sólo me dijo esto, sino que luego agregó con gran convencimiento que mi árbol sólo extendía mi camino, que sus hojas habían cubierto mi camino. Tal vez fuese verdad, o no. Tenía mis dudas porque aquel hombre podía ser un maldito ladrón que sólo quería apropiarse de mi árbol. Pero él me había dicho que trataba de ayudarme, ¿Hasta qué punto podía ser verdad? De algún modo sus palabras me hacían vacilar: "Tienes que encontrar un sentido, sólo si tu vida tiene un sentido podrás ser feliz". ¿Feliz?
Entonces volví de nuevo a los recuerdos de aquel cruce; en ocasiones veía a niños jugar, otras veces había podido ver los frutos del amor, de la amistad...Conocía y había visto todo ¿Por qué sus palabras me hacían pensar que yo era en realidad un ignorante? Las imágenes se sucedían una tras otra por mi cabeza, y por un instante pensé que quizás el anciano tuviera razón. Yo sólo había mirado y escuchado; pero lo que veía y escuchaba no era mío. Lo que sentían las personas de aquel cruce no era lo que yo sentía, esos sentimientos no me pertenecían.
Entonces quise buscar una dirección, un sentido, un camino, mi vida...Constantemente lloraba sin saber el porqué del deslizar de las lágrimas por mis mejillas. Lloraba porque algo me faltaba, lloraba porque tenía miedo de saltar de aquel árbol y caerme de nuevo, de conocerme. Lo que tenía era tan sólo un árbol; un árbol sin manos, sin rostro, sin piernas, sin corazón. Un árbol que exigía agua para crecer, y no las subidas y bajadas de un camino; que no sentía y, por tanto, no necesitaba amor. No entendía qué me ocurría, por qué me imaginaba y pensaba esas cosas tan extrañas, ignoraba lo que aquel hombre había hecho dentro de mí.
Todos mis pensamientos buscaban rápidamente una salida, una salida que jamás encontraría si no era capaz de mirar por encima de aquella muralla que durante años había quedado delante de mí. Sin embargo, estos pensamientos me ayudaban a trepar lentamente por ella. Por fin había dejado libertad a mi mente para enfrentarme a la maleza que cubría mi camino.
Alcé la vista y envidié aquellos pasos que tanto me habían ilusionado la vez primera que los escuché. El hombre de la experiencia marchaba con una sonrisa en su rostro, pisando con seguridad cada tramo del camino y cargando sobre sí con el peso de los años...
Él había sembrado en mí una inquietud muy distinta a la de la soledad. Me había hecho salir de mi interior por un momento, abriéndome los ojos para volver a encontrar mi identidad y la oportunidad de ser feliz.
Miré hacia los lados y me sobresalté por aquella perspectiva de las personas, tan extraña para mí. Incliné mi cabeza y dirigí la mirada hacia mis pies: "uno delante del otro..."