A todos aquellos que leyeron
Luna llena
y me animaron a seguir escribiendo.
LUNA LLENA
Tuve que decírselo. Al principio no quería hacerlo, pero él ya lo intuía desde hacía algún tiempo. Aquella noche vinieron, yo había hablado con ellos por la mañana y sabía que vendrían.
Recogí la casa como siempre, le hice la cena, me arreglé del mismo modo que hacía siempre en aquellas ocasiones, y me marché a su encuentro. Dejé el coche en las afueras y caminé unos metros; era una suerte, pensé, que allí nunca hubiese nadie. Por fortuna era un lugar demasiado limpio y silencioso para la gente de la capital.
Eran casi las once y ellos ya habían llegado. Preparaban la cena en silencio, esperando mi llegada. Los niños fueron los primeros que se dieron cuenta y corrieron a mis brazos como de costumbre. Me cubrieron de besos y abrazos repitiendo mil veces las ganas que tenían de verme, y contándome las cosas nuevas que habían aprendido desde la última luna llena. Antes de saludar al resto del grupo, me acerqué un momento a acariciar a los caballos y regalarles unos terrones de azúcar que, como todas aquellas noches, me agradecían con un resoplido.
Un poco más de leña a la hoguera, las últimas comprobaciones de que nadie nos veía y subir el volumen de la música eran, como cada noche, su forma de darme la bienvenida. La loca de Marta corrió a mi encuentro para saludarme e introducirme en aquel «campamento » provisional que habían montado. Al igual que la madrugada, la hora de marcharme, era el peor momento de mi visita, éste era siempre el mejor: cuando todos abandonaban sus tareas y se acercaban a saludarme.¡Y tenía yo siempre tantas ganas de volver a verles! A pesar de todo, el encuentro con Javi era siempre lo más difícil, pues él seguía enamorado de mí y, aunque lo comprendía, le costaba mucho superar que todo había terminado.
Después de saludar a todo el grupo y felicitar una vez más a los futuros padres, me disponía a colaborar en la preparación de la cena, pero nunca me lo permitían y acababa jugando con los más pequeños. Entonces aparecía Roberto, o Roy, como todos acostumbrábamos a llamarle, y me cogía de la mano para apartarme unos metros de aquella muchedumbre. Una vez a solas, me besaba y me abrazaba como solo él sabía hacerlo. Sólo con él era capaz de sentirme así, de desatar mi pasión de aquel modo, de recordar lo que era la felicidad. Cuando volvíamos al campamento, David y Mim nos miraban siempre con aquella sonrisa cómplice y comprensiva.
Durante la cena dominaban siempre los más pequeños. Aquella noche, Iris y Lucía contaban emocionadas que pronto recibirían el Título Elemental para el que tanto se habían preparado.
Un par de horas después de la cena, cuando los niños ya se habían acostado
–aunque seguramente seguirían despiertos –conté a todo el grupo mi situación con Armando. Él siempre había sospechado que había algo extraño, pero se resignó a la ignorancia en los cinco años de nuestro matrimonio. Armando no quería comprender que yo no podía explicárselo, y por ello cada luna llena me marchaba antes de que él llegase. A pesar de todo, Armando confiaba en mí. Esa fue la única condición que le puse cuando me sugirió vivir juntos, hacía ya casi seis años. No era fácil, y yo lo comprendía, pero él debía aceptarlo, como lo aceptó mi madre cuando, con 16 años comencé a pasar fuera una noche al mes, todos los meses, a pesar de las prohibiciones y los castigos. Desde entonces les había visitado cada luna llena, excepto los días de mi operación y la noche de mi boda.
Tal vez por ello, para poner a prueba mi fijación por aquellas escapadas nocturnas, Armando había decidido que tuviésemos un hijo. Yo sabía lo que aquello suponía, pero no podía explicar a mi marido que con ello destruiría él vínculo con todo lo que me importaba.
Roy sonrió maliciosamente. Él me conocía mejor que nadie y sabía perfectamente que yo no estaba preparada para otro embarazo. Hacía ya casi 10 años que perdí a nuestra hija por imprudencia y nunca lo había superado.
Juan me aconsejó que hablase con Mamilén, pues ella mejor que nadie podía ayudarme, y tal vez, si era posible, me permitiese presentar a Armando al grupo. Todos coincidieron en que era lo mejor y, para celebrarlo, abrimos otra botella de champán, que nos ayudó a olvidarnos del problema.
Como cada mes, la luna llena fue motivo de celebración entre copas, risas y bailes. Después de todo, Javi no había dejado de ser mi pareja de baile, como cuando éramos novios, y su hermana, a pesar del avanzado embarazo, no era capaz de resistirse a algunas de las canciones de nuestra adolescencia.
Poco después de las cinco no pude resistirlo más; el alcohol, el fuego, la luna llena y Roy ejercían sobre mi un efecto demasiado poderoso para combinarlos. Logramos escaparnos del bullicio para caminar unos metros hasta nuestro claro oculto entre los árboles. Es evidente que yo no lo quería, pues amaba a Armando, pero indudablemente Roy ha sido siempre un amante insuperable, y me conocía tan bien que sabía darme lo que necesitaba en cada momento. Aún hoy, tantos años después, anhelo la fuerza de su cuerpo al contraerse contra el mío por última vez, aquella noche.
Amanecía cuando regresamos junto al grupo. Habían cesado de bailar y estaban cansados, exhaustos, algunos demasiado ebrios, pero me despidieron tan animados como siempre, y me citaron en el mismo lugar para la próxima noche de luna llena.
Regresé a mi casa a primera hora de la mañana. Armando seguía dormido, pero no tardaría en despertarse para ir al trabajo. Me desnudé en silencio y me metí en la ducha, desde donde pude oír el despertador. Poco después Armando entró en el baño, pero no me miró ni preguntó dónde había estado o con quién. Se había cansado de mis escapadas y estaba harto de preguntar sin obtener respuestas. Media hora después se marchó sin despedirse. Pude observar que tenía mala cara, tal vez estaba enfermo.
El mes siguiente fue el peor de mi matrimonio. Armando y yo no podíamos seguir así, distanciados, terriblemente serios, sin apenas hablarnos. La última noche de cuarto creciente yo era un mar de dudas: por primera vez en mi vida me sentía obligada a elegir; aunque él no me lo había pedido, la situación había llegado a un punto insostenible.
Estaba en la cocina cuando telefoneó Susana, mi cuñada. Armando había estado en su casa y le había dicho que tal vez sería mejor empezar a pensar en la separación. El golpe fue terrible. Susana y yo nos conocíamos desde hacía más de 15 años, mucho antes de que yo empezara a salir con su hermano, y ella me apreciaba realmente. Le expliqué que no estaba dispuesta a perder a mi marido, pero tampoco podía renunciar a aquello que me hacía sentir viva. Susana me pidió que, si quería salvar mi matrimonio, no acudiese al día siguiente a aquella cita misteriosa, o que lo llevase conmigo. El llanto me ahogó y tuve que colgar, lo que me dio al menos una hora para reflexionar antes de oír llegar a Armando.
Conseguí hablar con Mamilén. Le rogué que me ayudase. Aún a riesgo de romper con Roy, no quería seguir ocultándoselo a mi marido. Sabía que si él no lo aceptaba, si no lo comprendía y alguien más se enteraba,
lo perdería todo, y eso los perjudicaría también a ellos, por eso no se lo había dicho antes. Pero Mamilén comprendió que si Armando había soportado la incertidumbre todos estos años, era obvio que me quería de verdad, y que lo comprendería. Aquella noche, por fin, pude revelar mi secreto a Armando.
Cuando volvió de trabajar, con la misma expresión descompuesta de los últimos días, me saludo mecánicamente y se dirigió a la cocina, dispuesto a cenar. Fui tras él, le pedí que se sentara y comencé a relatarle mi historia: cómo mi gran amistad con una compañera de colegio me llevó a enamorarme, a los dieciséis años, de su hermano Javi. A partir de aquel momento empecé a unirme al grupo, no sin antes prometer que nunca revelaría su secreto. Nuestra relación fue perfecta durante dos años, pero todo acabó después del accidente de Javi. Entonces conocí a …bueno, en realidad hacia tantos años que lo llamábamos Rete que había olvidado su nombre; el caso es que me ayudó mucho y se convirtió en mi mejor amigo. Gracias a él, Roy se unió al grupo y desde entonces no había podido quitármelo de la cabeza, y después, el aborto, con solo 19 años. Había sido una relación tempestuosa, llena de altibajos, pero sin la cual no podíamos vivir. No me sentí capaz de contárselo todo, quiero decir, por aquellas fechas también conocí a Armando, pero no pude dejar a Roy, que para mí era la peor de las drogas. Le conté que no rompí con Roy hasta un par de años después, pero preferí que no supiera que habíamos vuelto pasados unos meses.
Armando no podía, no quería creerme. Durante todos estos años le había estado ocultando una parte de mi vida que yo consideraba la más importante. Había mentido a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, y a él, que tanto me había querido. Le expliqué que por fin Mamilén había accedido a que se lo contase todo, pues sin su permiso no había podido hacerlo hasta ahora. Lo más importante ahora era que, bajo ningún concepto, se lo contase a nadie, pues eso perjudicaría a mis amigos y posiblemente también a mí misma.
Hablamos durante horas hasta que Armando empezó a llorar. Dijo que me quería, y que todo esto no iba a romper nuestro matrimonio, al contrario: que ahora, sin secretos, estaríamos más unidos que nunca. Me pidió conocerlos, alegando que si eran parte de mi vida, lo justo sería que también formasen parte de la suya, con lo que decidimos que la noche siguiente iríamos juntos a nuestro punto de encuentro …
Poco antes de las once estábamos preparados para salir; llevábamos con nosotros una botella de buen vino y mis mejores ilusiones, a pesar de que una mezcla de tristeza y cansancio podía leerse en los ojos de Armando.
Cuando aparcamos el coche en las afueras sentí que de un momento a otro gritaría de alegría; por fin, después de tantos años, era posible reunir a todos los que más quería.
Iris, Lucía, Alejandro y el resto de los niños corrieron a mi encuentro. Aunque un poco avergonzados por el
nuevo recién llegado, me abrazaron entre risas y juegos, como siempre. Sorprendentemente, mi marido, a quien tanto agradan los niños, no dio muestras de ternura ni simpatía con ellos. Al contrario, la expresión de su cara se transformó en una especie de terror y desconcierto.
Poco después llegamos al campamento. Aunque el grupo se mostró natural y cortés con Armando, él no reaccionó igual con ellos; es más, continuó con su expresión de desconcierto sin mirarlos o esbozar siquiera una leve sonrisa, ni el más mínimo saludo. Al principio pensé que estaba resentido con ellos, por haber formado parte de mi vida a sus espaldas, pero hoy sé que su reacción no
fue otra cosa que uno de los primeros síntomas de su enfermedad.
Aquella noche, en lugar de jugar con los más pequeños, nos sentamos a charlar con el grupo, con la esperanza de que mi marido se integrase. Pero él no dijo una sola palabra, ni respondió a las preguntas que algunos le hicieron; simplemente se limitó a mirarme desconcertado y repetirme por qué estaba haciéndole aquello. Justo antes de la cena, Armando me apartó a un lado y me preguntó ansiosamente, irritado, a qué estaba jugando. Le pedí que bajase la voz, pero me respondió alterado que no tenía por qué hacerlo si allí no había nadie para escucharlo. No comprendí lo que le estaba ocurriendo, y regresé junto al fuego para cenar. Rete me sugirió que no me preocupase por la reacción de mi marido; por suerte, el grupo lo comprendió mucho antes que yo.
La noche transcurrió sin grandes cambios, Armando continuaba sin querer aproximarse al grupo y permaneció rezagado junto a un árbol hasta el amanecer. Sólo al regresar me sugirió que él conduciría para que yo descansase. No volvió a dirigirme la palabra ni respondió cuando le reproché su comportamiento.
A la mañana siguiente, cuando le pregunté por qué motivo había actuado de aquel modo, no me respondió: se vistió en silencio y se marchó sin ni siquiera desayunar. Cuando regresó no quiso comer, me pidió que le explicase lo que había ocurrido la noche anterior y se enojó cuando le relaté la llegada al campamento, el encuentro con el grupo, la cena y los bailes. Dijo que yo sabía perfectamente que lo estaba inventando y no quiso volver a hablar del tema en todo el mes. Durante aquellos días empecé a sospechar que tal vez Armando estaba enfermo, que quizá estaba perdiendo la cordura, y seguramente era sólo culpa mía.
La nueva luna llena llegó con las primeras lluvias de otoño. La noche de reunión con el grupo llovía intensamente y el camino hacia las afueras estaría resbaladizo. Armando dudó durante horas, pero por fin se decidió a acompañarme, resignado. Cuando llegamos eran más de las once y media, demasiado tarde por causa de la lluvia, y la cena ya estaba preparada. Armando saludó mecánicamente y sin ganas y se apartó a un lado, sin dejar de mirarme fijamente durante toda la noche. Tampoco cenó ni respondió a las preguntas que se le hicieron;
únicamente habló conmigo y continuó fingiendo que en aquel lugar no había nadie más que nosotros dos.
Los dos meses siguientes ocurrió lo mismo. La enfermedad de mi marido empeoraba diariamente. En algunas ocasiones trató incluso de convencerme, de obligarme a admitir que mis amigos no eran más que una invención infantil. Comencé a preocuparme por él, pero no podía consultar con un especialista, pues significaría revelar información sobre el grupo, algo que no podía hacer. Delatarles no sería bueno para ellos; eso les obligaría a no regresar y probablemente lo perdiesen todo. Por fin, en diciembre, inevitablemente, ocurrió.
Dos días antes de fin de año, Armando llegó a casa más tarde que de costumbre y yo le esperaba arreglada para nuestra reunión mensual. A pesar de las fechas en que nos encontrábamos, la noche era cálida y despejada. Como cada año, la última luna llena de diciembre celebraríamos la salida y entrada de año todos juntos. Mi marido se negó a arreglarse, me dijo que aquella noche sería la última, pero que a pesar de todo él me quería y durante todos estos años había sido muy feliz a mi lado. No comprendí por qué al subir al coche me pidió perdón; más tarde me di cuenta de lo que había querido decir.
Era una noche especial. El fin de año siempre significaba nuevos propósitos para el futuro, la celebración del tiempo que llevábamos juntos y los planes para el nuevo año que comenzaba. Para el grupo era como un ritual. Se acercaron todos a recibirnos, la cena ya estaba lista y ellos lucían sus mejores ropas. Todo parecía ir bien. Nunca pensé que aquello ocurriría.
Después de los saludos, avivamos el fuego con confianza, subimos la música y nos sentamos pronto a cenar, pues pronto serían las doce. Acabábamos de sacar los primeros platos cuando de repente les vi: tras unos árboles aparecieron mi madre, los padres de Armando y otros dos hombres; sólo reconocí a uno de ellos: el psiquiatra, vecino de mis suegros.
Después todo ocurrió muy deprisa. Mi madre me dijo entre lágrimas que comprendía lo que estaba sufriendo y me aseguró que me ayudaría en cualquier cosa que pudiese. Armando lloraba. Aquel médico me sugirió enérgicamente, casi me ordenó, que me subiese a su coche con mi marido y me tranquilizase. Ninguno de ellos se molestó en mirar al grupo; sólo el padre de Armando levantó la vista con desprecio por encima de mi hombro.
Y después nada. Mi coche lo recogió Susana más tarde, me dijeron. Yo ya no he vuelto a verles. Al saberlo alguien más, todo se vino abajo, como Mamilén siempre había previsto. Los propósitos para el nuevo año nunca pudieron cumplirse porque Armando estaba demasiado enfermo. Mi madre no quiso decirme qué había ocurrido, pero creo que él, en su intenso rechazo hacia el grupo, cometió el error de contárselo a alguien, tal vez a sus padres o a su hermana. Seguramente ellos quisieron comprobarlo y venir al lugar de nuestras reuniones, donde
vieron como Armando se negaba a aceptar que estaban allí, tan reales como él y como yo. La locura –esquizofrénica tal vez –le impedía verlos, pensar en ellos como algo más que un producto de mi imaginación. No conseguí hacerle comprender y lo estropeó todo. Ahora no me dejan verlo; seguramente será lo mejor para él. Continúo en esta sala de huéspedes blanca, pero me siento sola. Espero que mi marido se recupere pronto y podamos volver a casa. Mi madre me ha contado esta mañana, entre lágrimas, que los médicos le han dicho que todo va mejor. Cuando Armando esté bien y todo vuelva a la normalidad, no volveré a hablarle del grupo, lo prometo.
No me importa esperar a mi marido en esta sala blanca y absurda, ahora que sólo me queda él. No podré volver a ver al grupo, todo se ha terminado. Oigo venir a este hombre tan hospitalario que me proporciona calmantes para que no me preocupe por Armando. Esta noche hay luna llena, no tardarán en oírse los cascos de los caballos, la risa de Sole, el llanto del recién nacido sobrino de Javi, la voz de Roy...pero me dormiré pronto.